Las noches se estaban poniendo más frías en la ciudad pero él nunca ha sido bueno para las pastillas y pasa cada estación intermedia con algo parecido a un resfrío.
Todos los años es lo mismo, cambia la persona pero el comentario es igual "es culpa de tus zapatillas rotas y tus alpargatas, andas muy cerca del suelo." Él no lo cree y aunque lo creyera no va a dejar de usarlas, son su punto de consistencia, si pudiera alguien llamarlo así.
En el café no ha pasado nada nuevo, nadie nuevo, la misma rutina, mismos olores y sabores. Los ceniceros transparentes -invisibles- y las sillas de madera.
Le gusta el invierno por sobre otras estaciones. Es triste dicen pero él no puede evitar imaginarse en el sur. Solo. Con un perro junto a costas extrañas que anhela sin conocer, por conocer. Caminar casi atemporal casi sin moverse casi una imagen. Caminar porque puede, porque el aire huele a mar, a arena y a despedidas.
Sus manos son frías por eso las mantiene en sus bolsillos, excepto cuando fuma entonces el frío es bienvenido y sus huesos parecen más vivos.
En momentos, mientras limpia los vidrios se siente el reflejo de sí mismo y cree que su vida va al revés de lo que debería pero está tranquilo. Le gusta que nadie lo conozca demasiado, le gusta que puede hablar de mujeres que conoció, de tragos que tomó y de bailes que nunca llevó a cabo.
Le gusta que no lo cuestionen, que no le hagan preguntas. Le gusta no tener historia.
Del instituto no vale la pena hablar, no ha aprendido nada que le interese pero avanza. Como todo en su vida. Avanza. No sabe que es protagonista de sus propios pasos.
Aveces sólo aveces, andas violento, más indolente, más cruel. Y entonces te sientas en el paradero cerca de tu casa y fumas hasta que se acaba el humo y los pulmones, y la cabeza da vueltas y se siente pesada y te gusta.
Te gusta sentir que es la realidad la distinta y que puedes tener más sentido que el simple avanzar. Pobre de ti y del resto. Pobre existencia. Pobre sinsentido.
miércoles, 6 de abril de 2011
lunes, 4 de abril de 2011
Mi nombre es Sergio
Él despierta cada mañana a eso de las siete, ducha, café y sale a la calle con el cuerpo frío y las manos en los bolsillos. Siempre las zapatillas blancas que le recuerdan los tiempos mejores, cuando vivía junto al mar.
Sus amigos le dicen que tiene el caminar de la playa pero él no lo entiende, él sólo anda porque nada le importa.
Primero una micro, no es un trecho largo, sin embargo, en las mañanas algo lo espanta y prefiere ir con gente. En las noches, si, le gusta caminar y fumar mientras escucha alguna banda de moda en su cabeza.
Se baja de la micro saltando las pozas junto a la vereda y cruza hacia el metro. Esa parte preferiría evitarla pero está tan lejos de su destino que se obliga a soportarlo. Algún día va a tener la plata para un auto o una moto quizás, quién sabe.
Cruza los puentes con su paso lento y mira a esa masa de estudiantes que muchas veces ha tenido que atender. Llega a las ocho veintisiete al café donde trabaja, siempre a esa hora pero no sabe porqué. Casualidad para él, destino para otros. No le gusta pensar, elije dejarse llevar.
Trabaja una jornada excesiva pero no podría vivir de otra forma. Se acostumbró al horario, hizo amigos y conoce muchas mujeres que llenan sus noches.
Para cuando cae la tarde su cuerpo ya está cansado y lo prefiere así, le permite concentrarse en los números cuando está en clases.
Estudia en la noche, en un instituto. Era su misión cuando llegó pero las luces lo deslumbraron y se salió demasiado temprano de la universidad, era joven y se sentía invencible. Pronto la vida le demostró lo contrario.
Trabajó un par de años como cualquier cosa, sólo sobrevivir. Pero ahora está tranquilo y el instituto es lo que necesita para sentirse bien. Sabe que no va a poder competir contra los mismos estudiantes que él atiende pero le basta con la vida que lleva.
Él no nació para competir.
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