Él despierta cada mañana a eso de las siete, ducha, café y sale a la calle con el cuerpo frío y las manos en los bolsillos. Siempre las zapatillas blancas que le recuerdan los tiempos mejores, cuando vivía junto al mar.
Sus amigos le dicen que tiene el caminar de la playa pero él no lo entiende, él sólo anda porque nada le importa.
Primero una micro, no es un trecho largo, sin embargo, en las mañanas algo lo espanta y prefiere ir con gente. En las noches, si, le gusta caminar y fumar mientras escucha alguna banda de moda en su cabeza.
Se baja de la micro saltando las pozas junto a la vereda y cruza hacia el metro. Esa parte preferiría evitarla pero está tan lejos de su destino que se obliga a soportarlo. Algún día va a tener la plata para un auto o una moto quizás, quién sabe.
Cruza los puentes con su paso lento y mira a esa masa de estudiantes que muchas veces ha tenido que atender. Llega a las ocho veintisiete al café donde trabaja, siempre a esa hora pero no sabe porqué. Casualidad para él, destino para otros. No le gusta pensar, elije dejarse llevar.
Trabaja una jornada excesiva pero no podría vivir de otra forma. Se acostumbró al horario, hizo amigos y conoce muchas mujeres que llenan sus noches.
Para cuando cae la tarde su cuerpo ya está cansado y lo prefiere así, le permite concentrarse en los números cuando está en clases.
Estudia en la noche, en un instituto. Era su misión cuando llegó pero las luces lo deslumbraron y se salió demasiado temprano de la universidad, era joven y se sentía invencible. Pronto la vida le demostró lo contrario.
Trabajó un par de años como cualquier cosa, sólo sobrevivir. Pero ahora está tranquilo y el instituto es lo que necesita para sentirse bien. Sabe que no va a poder competir contra los mismos estudiantes que él atiende pero le basta con la vida que lleva.
Él no nació para competir.
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