Sergio llevaba mucho tiempo de sentirse solo. El clásico frío que te persigue escondido entre tu sombra hasta que notas las ausencias y entonces se mete bajo tu piel como recordatorio y castigo.
La vida seguía su curso, mismo café donde trabajar y cruzar miradas con universitarias sin nombre, mismo instituto sin riesgos y mismas converse negras sobre el suelo mojado.
Un día perdió todo balance y quiso escapar pero se sabía incapaz así que se puso a caminar sin rumbo, salió del café con el mismo desgano en sus mejillas, caminó recto sin mirar a nadie y sin sentirse mirado siquiera, perdido en la nada y en la impotencia de sus ganas. Tenía que hacer algo, las manos le parecían de fuego, no podía tenerlas quietas, algo iba a suceder, algo tenía que lograr, algo, lo que fuera y entonces se detuvo. Hot Ride. Nunca había pensado en hacerse un tatuaje pero esa tarde era la opción correcta o eso creyó al abrir la puerta de vidrio y escuchar la campana sobre su cabeza. Esperaba un gordo aterrador que nunca llegó, sí se acercó un tipo bajito y con cara de buena gente, sin tatuajes visibles ni piercings y eso, extrañamente lo tranquilizó. El tipo, Jorge, le preguntó si era su primer tatuaje y qué quería pero Sergio no tenía ni idea así que se quedó mucho rato revisando libro tras libro de sugerencias.
No quería que el tatuaje tuviera sentido, no quería coherencia o valores fundantes, no tenía nombres que escribir como hacían los marginales, no tenía fidelidad con artista alguno como para marcarlo de por vida, quería el azar y el caos y finalmente eligió un tribal, 3 figuras que parecían círculos a simple vista. Amarillo, verde y azul. No tenía lógica ni significado, era el tatuaje perfecto.
Colgó su chaqueta en una silla, luego se sacó la polera que llevaba y se sentó a esperar mientras miraba como Jorge buscaba los implementos. Era tarde lo que ayudaba con sus nervios, su cuerpo estaba cansado de pensar y el dolor que vino con el primer roce de la aguja fue relajante, casi placentero. Sentir ya era un avance y mientras veía como su piel se tinturaba pensaba en que quizás algún día llegaría una mujer que viera casualmente parte del tatuaje y se acercara a él y levantara (transgrediendo toda decencia) su polera para verlo por completo y talvez, al pasar, ver un poco más.
Al salir de la tienda las luces de la calle eran menos frías y el ardor que tenía en el brazo le recordaba que aún existían posibilidades de felicidad.
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